La calima (o calina) es una reducción de la visibilidad causada por la presencia de partículas sólidas en suspensión en la atmósfera: polvo mineral, arena del desierto, cenizas, partículas de humo o materia orgánica. A diferencia de la niebla (gotas de agua), la calima está compuesta por partículas secas y da al cielo un aspecto blanquecino, amarillento o rojizo.

En España y las Islas Canarias, el tipo más frecuente e intenso es la calima sahariana: irrupciones de polvo del desierto del Sahara que cruzan el Mediterráneo o el Atlántico impulsadas por vientos del sur o sureste. Canarias sufre los episodios más intensos por su proximidad a África: la visibilidad puede caer por debajo de 100 metros, la temperatura subir >10 °C y la humedad relativa desplomarse al 5-10 %. En la Península, las calimas saharianas llegan con frecuencia en verano y son responsables de las «lluvias de barro» (gotas que arrastran el polvo al precipitar).

La calima tiene impactos significativos: reduce la calidad del aire (altas concentraciones de PM10 y PM2.5), agrava enfermedades respiratorias, deposita polvo sobre los paneles solares y la agricultura, y afecta a la aviación por reducción de visibilidad. Paradójicamente, el polvo sahariano también fertiliza ecosistemas lejanos: las partículas minerales transportan hierro y fósforo que alimentan el fitoplancton del Atlántico y los suelos de la selva amazónica.