El efecto invernadero es un proceso natural fundamental para la vida en la Tierra: ciertos gases de la atmósfera (CO₂, vapor de agua, metano, N₂O, ozono) absorben y re-emiten la radiación infrarroja que la superficie terrestre irradia hacia el espacio. Sin este efecto, la temperatura media de la Tierra sería de -18 °C en lugar de los +15 °C actuales, y el planeta sería inhabitable.
El problema actual es el efecto invernadero amplificado: la quema de combustibles fósiles, la deforestación y la ganadería intensiva han aumentado la concentración de CO₂ en la atmósfera de 280 ppm (preindustrial) a más de 425 ppm (2024), un nivel no visto en al menos 800.000 años. El metano se ha más que duplicado. Más gases de efecto invernadero atrapan más calor, calentando el planeta de forma progresiva — es el motor del cambio climático.
Los principales gases de efecto invernadero son: vapor de agua (el más abundante, pero su concentración depende de la temperatura y actúa como amplificador), CO₂ (el más importante de origen humano, persiste siglos en la atmósfera), metano (CH₄, 80 veces más potente que el CO₂ a corto plazo, pero dura solo ~12 años), óxido nitroso (N₂O, de fertilizantes) y gases fluorados (HFC, PFC). El Acuerdo de París (2015) tiene como objetivo limitar el calentamiento a 1,5-2 °C mediante la reducción de estas emisiones.