La helada negra es un tipo de helada especialmente dañina para la agricultura que ocurre cuando la temperatura desciende por debajo de 0 °C en condiciones de aire muy seco (baja humedad relativa). A diferencia de la helada blanca (escarcha visible), no se produce depósito de hielo sobre las superficies porque el punto de rocío está muy por debajo de 0 °C y no hay suficiente vapor de agua para condensar y congelar. El nombre «negra» proviene del aspecto oscuro y marchito que adquieren los tejidos vegetales dañados. El mecanismo destructivo es insidioso: el agua dentro de las células vegetales se congela, los cristales de hielo rompen las membranas celulares y, al descongelarse, el tejido colapsa y se oscurece. La helada negra es más destructiva que la blanca porque la escarcha de la helada blanca actúa paradójicamente como aislante térmico, protegiendo parcialmente los tejidos; además, la sublimación de la escarcha libera algo de calor latente. Sin esta protección, la helada negra congela los tejidos más profundamente. En las regiones agrícolas de España — mesetas, valles interiores, Extremadura — la helada negra es temida especialmente durante la floración de frutales (febrero-abril): los daños pueden destruir cosechas enteras de almendros, cerezos, melocotoneros y viñedos. Las condiciones que la favorecen son noches despejadas, viento en calma, anticiclón invernal y masas de aire continental seco. Los agricultores emplean métodos de protección como ventiladores, quemadores y microaspersores, aunque contra la helada negra la detección temprana es la mejor defensa.