La lluvia ácida es toda forma de precipitación (lluvia, nieve, niebla, rocío) cuyo pH desciende por debajo del valor natural de 5,6 debido a la presencia de ácidos disueltos en la atmósfera. Los principales responsables son el dióxido de azufre (SO₂) y los óxidos de nitrógeno (NOₓ), emitidos por la quema de combustibles fósiles, que reaccionan con el vapor de agua para formar ácido sulfúrico y ácido nítrico.

Formación y transporte

Los gases precursores pueden viajar cientos o miles de kilómetros antes de depositarse, por lo que la lluvia ácida puede afectar a regiones muy alejadas de las fuentes de emisión. La deposición puede ser húmeda (lluvia, nieve) o seca (partículas y gases que se depositan directamente sobre superficies sin necesidad de precipitación).

Sus efectos son devastadores: acidificación de lagos y ríos (eliminando peces y anfibios), daño a bosques (debilitamiento foliar, muerte de raíces), deterioro de edificios y monumentos de piedra caliza y mármol, y empobrecimiento de suelos. En Europa, las lluvias ácidas causaron graves daños a los bosques de Escandinavia y Europa central en las décadas de 1970-80.

Las regulaciones ambientales (desulfuración de chimeneas, catalizadores en vehículos) han reducido drásticamente las emisiones de SO₂ en Europa y Norteamérica, mejorando la situación. En España, las emisiones de SO₂ se han reducido un 90 % desde 1990. Sin embargo, el problema persiste en regiones industrializadas de Asia. Ver también: cambio climático.