La evaporación es el motor inicial del ciclo del agua: el sol calienta la superficie de océanos, lagos, ríos y suelo húmedo, aportando a las moléculas de agua la energía cinética necesaria para pasar de la fase líquida a la gaseosa. A diferencia de la ebullición, la evaporación ocurre a cualquier temperatura por debajo del punto de ebullición, siempre que el aire circundante no esté saturado de vapor. La tasa de evaporación depende de varios factores: la radiación solar disponible, la temperatura del agua y del aire, la humedad relativa (a menor humedad, mayor evaporación), la velocidad del viento (que renueva el aire sobre la superficie evaporante) y la superficie expuesta. Se estima que los océanos contribuyen aproximadamente el 86% de la evaporación global, equivalente a unos 425.000 km³ de agua al año. En meteorología, la evaporación tiene un efecto de enfriamiento sobre la superficie —cada gramo de agua evaporada absorbe 2.260 julios de energía— y constituye la fuente primaria de humedad atmosférica que posteriormente forma nubes y precipitación. La evapotranspiración, que incluye la transpiración vegetal, amplifica este aporte de vapor. En regiones áridas como el sureste de España, la evaporación puede superar ampliamente a la precipitación anual, generando déficit hídrico crónico.