La lluvia es la forma más común de precipitación y resulta esencial para el ciclo hidrológico del planeta. Se forma cuando las gotas de agua en las nubes crecen por coalescencia —colisión y fusión de gotitas más pequeñas— o por el proceso de Bergeron, donde cristales de hielo en nubes mixtas crecen a expensas de las gotitas de agua supraenfriada hasta que son lo bastante pesados para caer y fundirse al atravesar capas de aire más cálido. La intensidad de la lluvia se clasifica según la tasa de acumulación: débil (menos de 2 mm/h), moderada (2-15 mm/h), fuerte (15-30 mm/h) e intensa o torrencial (más de 30 mm/h). En España, las lluvias torrenciales son especialmente frecuentes en el Mediterráneo durante otoño, asociadas a fenómenos como la DANA o gota fría, donde pueden acumularse más de 200 mm en pocas horas. Se mide con el pluviómetro y se representa en mapas mediante isoyetas. La distribución de la lluvia depende de factores como la presión atmosférica, la humedad relativa, la orografía y la circulación atmosférica general. Los vientos alisios transportan humedad ecuatorial, mientras que los frentes —frío, cálido— generan bandas de precipitación al forzar el ascenso del aire. A escala global, las regiones ecuatoriales reciben más de 2.000 mm anuales, mientras que los desiertos subtropicales apenas superan los 250 mm.