La nieve es precipitación en forma de cristales de hielo que se forman por sublimación directa del vapor de agua sobre núcleos de condensación a temperaturas inferiores a 0 °C en el interior de las nubes. Los cristales adoptan formas hexagonales (simetría del hielo) que van desde simples prismas hasta dendritas complejísimas con seis brazos ramificados. Al caer, los cristales se agrupan en copos cuyo tamaño depende de la temperatura: los copos más grandes (hasta 5 cm) se forman cerca de 0 °C, cuando los cristales están ligeramente húmedos y se adhieren fácilmente entre sí.
Para que la nieve llegue al suelo sin fundirse, la columna de aire debe tener una temperatura media próxima a 0 °C o inferior desde la nube hasta la superficie. La altitud a la que la lluvia pasa a nieve se llama cota de nieve, y varía según la masa de aire: con aire polar puede nevar a nivel del mar, mientras que con aire templado la cota puede estar a 2.000-3.000 m. En España, las nevadas más frecuentes se producen en las cordilleras (Pirineos, Cantábrica, Central, Ibérica, Penibética), pero la nieve también visita periódicamente ciudades como Madrid, Burgos, Teruel o Soria.
La nieve tiene un papel hidrológico crucial: actúa como reservorio natural de agua que se libera gradualmente con el deshielo en primavera, alimentando ríos y acuíferos. En España, el manto nival de los Pirineos, Sierra Nevada y la Cantábrica es fundamental para el abastecimiento hídrico. Además, la nieve fresca tiene un albedo muy alto (80-90 %), reflejando la mayor parte de la radiación solar y contribuyendo al enfriamiento local. Un solo centímetro de nieve equivale aproximadamente a 1 mm de agua líquida (ratio 10:1 en nieve seca).