El rocío consiste en pequeñas gotas de agua que se depositan sobre superficies expuestas (hierba, hojas, coches, metales) cuando estas se enfrían durante la noche por radiación hasta alcanzar o bajar del punto de rocío del aire circundante. No es precipitación en sentido estricto (no cae de una nube) sino condensación directa del vapor de agua atmosférico sobre superficies frías.
Las condiciones ideales para la formación de rocío son: noches despejadas (máxima pérdida de calor por radiación), viento en calma o muy débil (sin mezcla turbulenta del aire) y humedad relativa alta. El rocío es más abundante sobre superficies que irradian eficientemente, como la hierba (por eso la hierba está mojada por la mañana aunque no haya llovido). Si la temperatura baja de 0 °C, el rocío se congela formando escarcha.
Aunque las cantidades son pequeñas (0,1-0,5 mm por noche), el rocío tiene importancia ecológica en ecosistemas semiáridos donde es una fuente significativa de agua para insectos, plantas y microorganismos. En agricultura, el rocío prolongado sobre las hojas puede favorecer enfermedades fúngicas. El rocío matutino intenso en un día de verano indica que la noche ha sido clara y húmeda, y suele preceder a un día soleado y caluroso.